Teléfonos: 985 56 47 60 · 608 07 21 07
Email: recepcion.ivallina@gmail.com

Meditación en el final de la vida: conectar en lugar de curar

http://www.inmaculadavallina.es

Interesante texto sobre Mindfulness y muerte, escrito por el Psicólogo y Coordinador de mindfulness en INECO, autor de Mindfulness, la meditación científica. Los beneficios de la práctica de la atención plena en las personas con enfermedades graves.

La enfermedad no es una eventualidad excepcional en nuestras vidas. Visto desde una perspectiva amplia, objetiva, podríamos afirmar que es una parte indisociable. Desde que nacemos estamos expuestos a noxas y patologías varias y a partir de nuestra adultez tardía se evidencia un inexorable envejecimiento físico y cognitivo. ¿Pesimismo? No, simplemente ley de la vida.

También la muerte es un momento inevitable. Desde nuestra propia visión egocéntrica, es el fin de todo. Ampliando la mirada, somos seres producto de un devenir y de alguna forma continuaremos transformándonos luego de agotar nuestro tiempo en la tierra (esto sin hipotetizar sobre la existencia de otra vida para nosotros). Simplemente es la realidad.

Uno de los problemas principales que enfrentamos en este camino es que nadie nos habla de nuestra finitud y eso nos hace flotar en la ilusión de la eternidad. Mencionar la muerte no es una actitud fatalista, sino un recordatorio poderoso de que puedo hacer valer al máximo mi presente, que es lo único que tengo. El escritor Carlos Castaneda la presenta, a través de su personaje indio Juan Matus (en el libro “Una realidad aparte”) como una compañera aleccionadora, que nos recuerda que no hay nada tan doloroso como su toque.

Nuestra cultura es una usina de negación del envejecimiento. En mi libro “Mindfulness, la Meditación Científica” hablo de esto a través de un párrafo de John Katzenbach: “Todo el mundo combate el proceso de envejecimiento a su manera, inspector. Algunos solicitan los servicios de los cirujanos…. otros invierten en viajes a balnearios caros para darse baños de lodo y masajes dolorosos. Algunos hacen ejercicio, siguen algún régimen o se ponen a dieta de anemonas marinas y posos de café o alguna tontería por el estilo. Algunos se dejan crecer el pelo hasta los hombros y se compran una motocicleta. Detestamos lo que nos pasa y la inevitabilidad de todo, ¿verdad?

El profesional de la salud que se coteja con la enfermedad grave y la muerte debe tener un trabajo consigo mismo para poder ayudar mejor a sus pacientes. Debe saber que ese ser humano que tiene enfrente seguramente no ha sido aleccionado en la comprensión de esta ley natural de la vida y la muerte. Que está lleno de ilusión y esa ilusión se está desmoronando. No es la aplicación de un protocolo psicoterapéutico lo que aliviará a esa persona que sufre, sino un encuentro profundo donde podamos conectar desde un sentimiento de humanidad compartida, de vulnerabilidad común, que nos ubica en el lugar exacto del universo al que pertenecemos.

Trabajando contrarreloj

“Tanto en los años de formación de grado, como luego los años de especialización, se nos enseña la importancia de respetar la mirada del otro, ser empáticos, trabajar para que el paciente vaya accediendo a ciertos logros que vuelvan su vida más “funcional”, y que el malestar vaya decreciendo a través de la adquisición de nuevas herramientas para afrontar las situaciones que acarrean angustia – reflexiona la psicooncóloga santafesina Carla Korol-. Este trabajo suele llevar cierto tiempo, pero: ¿Qué es lo que sucede cuando sabemos que el reloj es nuestro peor enemigo en pacientes en fin de vida? ¿Qué objetivos podemos proponernos ante situaciones como éstas? ¿Qué técnicas son más eficaces para abordar su padecimiento?”.

Su planteamiento es muy interesante, ya que el trabajo terapéutico no va a estar solamente centrado en aliviar los síntomas psicológicos sino especialmente en brindarle herramientas que potencien su tolerancia al dolor y su capacidad resiliente.

La profesional recuerda sus indicios en el área: “Cuando comencé a trabajar en cuidados paliativos me encontré con uno de los desafíos más grandes, ¿de qué herramientas puede uno valerse para hacer frente a la muerte? Los años de formación y de facultad, lamentablemente, no te preparan para esto porque trabajar con la muerte te pone de cara a tu propia finitud, a manejar tu tolerancia a la frustración, a saber que por mucho empeño que pongas, muchos objetivos se van a ver truncados por falta de tiempo. Fue en esa búsqueda que di con el programa de Mindfulness MBSR (en inglés, Reducción de estrés basado en Mindfulness). Si ocuparse del pasado era una tarea muy complicada en estas personas y pensar en objetivos futuros igualmente ineficiente, esta técnica podría echar algo de luz y brindar alivio tanto a mi quehacer profesional como a mis pacientes”.

Uno de los aspectos más evidentes con las personas gravemente enfermas que transitan sus últimos días o meses de vida, es que experimentan gran confusión e inclusive desesperación al observar lo efímero de su tiempo. Especialmente si no han logrado integrar y dar coherencia y sentido a sus experiencias en el pasado (Erok Erikson diría, “completar un desarrollo vital sano fase a fase”), el abismo de la muerte se muestra amenazante, implacable. Carla nos dice “la sintomatología ansiógena y depresiva, junto con sentimientos de pérdida de control y desesperanza, son los componentes que más suelen aparecer, y que muchísimas veces empeoran el cuadro”.

Anclarse en el presente a través de una inhalación

Lo único que nos queda es “poder anclar al paciente en el momento presente, a pesar de que por años aprendió  a vivir como el burro y la zanahoria, persiguiendo objetivos, pensando en lo que vendrá. ¿Cómo podemos pausar la vorágine? El cuerpo nos pone en jaque y el pensamiento sigue disparándose”, reflexiona la psicóloga.

Y me cuenta que leyendo a Yalom se encontró que uno de sus libros habla de que “trabajar con la muerte, nos enseña sobre la vida” (“y en mi caso vaya que fue así”, dice). “Una de mis primeras pacientes, con mucho temor a morir, se sentía reconfortada cuando hacíamos técnicas de respiración en silencio, una junto a la otra, sentadas cuando su estado estaba mejor, luego ella en la cama y yo a su lado cuando su cuadro fue empeorando. Lo que notaba es que además del famoso alivio “catártico” de poder expulsar toda la angustia y malestar que tenía, los pacientes empezaban a sentir que tenían algo de control en medio del caos. “No puedo controlar mi enfermedad, pero puedo controlar cómo me siento frente a ella”, me dijo una mañana de sábado un paciente con metástasis”.

Y nuevamente rescata al mindfulness: “Poco a poco comprendí que la utilización de las técnicas de mindfulness era eficaz en varios frentes: permite a los pacientes una aceptación progresiva de su cuadro, los ayuda a manejar correctamente el dolor y a lograr disminuir la ansiedad. También permite que el sujeto vuelva a su estado de `ser´, a su esencia, es por eso que se pueden dar en momentos de genuina `revelación´ en ellos, dejar de pelear con la idea de no estar más en este plano y preparar todo para lo que vendrá. Una de las pacientes, luego de hacer una breve meditación un día de mucho dolor, me pidió que le alcanzara un anotador y una lapicera que guardaba en su cómoda. Tiempo después su familia me dijo que había podido poner palabras a su sentir y dejar cartas a todos, inclusive instrucciones de a quien quería dejarle cada cosa, muebles, fotos, cuadros”.

Coincido con Carla en lo que su experiencia le enseñó: es indispensable librarnos de todas las mochilas mentales y materiales en nuestro momento póstumo. Quedarnos con la simpleza de mi ser (y su profundidad). Qué más puede haber. Qué más debería haber que eso.

“La meditación y las técnicas de MSBR ralentizan el tiempo – dice la profesional -, uno siente junto al paciente que todo ocurre más despacio, las cosas se aprecian desde otro lugar y vemos todo con ojos de niños. La última es la primera vez para todo: el té de la mañana, la silenciosa compañía de quienes me rodean, el haz de luz que se descuelga por la ventana o el roce de la manta que abriga…. agradecemos un mate, una caricia, una palabra de aliento, una mirada compasiva. En ocasiones, cuando el paciente sufre de mucho dolor, me quedo allí junto a él, tomados de la mano y respirando conjuntamente para lograr alivio, para sostenernos mutuamente en este efímero momento que ambos compartimos y que constituye un punto más de esta delicada trama que llamamos existencia. Nadie me enseñó a acompañar en el final a otro ser humano. Sólo se trata de Ser juntos. Inhalando, exhalando”.

Ver fuente del artículo: https://www.clarin.com/buena-vida/meditacion-final-vida-conectar-lugar-curar_0_qniqmjBlG.html

Deja un comentario





Uso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para realizar el análisis de la navegación de los usuarios y mejorar nuestros servicios. Al pulsar "Aceptar" consiente dichas cookies. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, pulsando en mas información plugin cookies

ACEPTAR